domingo 25 de octubre de 2009

Etapa 3: Helado.

¿Sabes por qué es rico el helado de cajeta?, Porque su sabor se expande en la boca y perdura. Ambos coincidimos en ello, y lo convertimos en un deleite consuetudinario. A su lado me había nacido un impulso de dar, imaginaba y creaba odiseas para ella, tan solo por recibir a cambio un regalo en el espíritu. De alguna manera también me alejaba, bien había aprendido a no entregarme por completo, a ser cautivo de mi propia libertad, a ser yo a través de mis proyectos, a no atar al amor.
El día que terminó su cometido en el trabajo propuso celebrarlo con unas cervezas. Todo mundo se encontraba muy contento y dispuesto al festejo, sin embargo yo recibí una llamada importante que me impedía ir. Lo siento, les dije, les llamaré al rato a ver en dónde andan, surgió algo que tengo que atender. Entonces me topé con sus ojos, había en su mirada una plegaria que me conquistaba, y en la cual sentí su predilección sobre mí. Todos bromearon al respecto, tuve que esforzarme en ocultar el solaz que me pululaba en el rostro.
Nunca pude llegar pero ese mismo día era el de su partida y acudí muy temprano para llevarla al aeropuerto, así tendría tiempo para estar juntos un poco más. Apenas sacó su pase de abordar la invité a una librería, le pedí que me recomendara algo. Mira, señaló, este me encanta, es de Milan Kundera, ¿Ya lo leíste?, No, este no, Te lo regalo, No, ¿por qué?, Porque quiero hacerlo. Compré ese y algunos más. ¿Quieres tomar algo antes de partir?, Sí, una chelita. Debí suponerlo.
De repente A cayó en la cuenta: Mira, dijo, el libro se llama La Despedida, qué coincidencia, Sí, pensé, en verdad qué coincidencia, mientras por dentro se derramaba el sabor reconocido del fruto que no miente. Allí, sentados los dos frente a frente, en una conversación cálida, penetré, como una despedida, en la delectación de su presencia, viajé en la seda de la que estaban hechos sus dedos, en el marfil de sus muslos lisos, en el oro de sus ojos, en el sabor misterioso de sus labios, en el aroma que anuncia cuando llega, en el mecer de olas que viene a rodearme de deseo las horas muertas.
Cuando llegó el adiós nos dimos un abrazo grande. Me encantó haberte conocido, me murmuró al oído. Yo quise abrazarla más, quise decirle algo que se esfumó en la tarde. Cuando me retiré me percaté que todas las demás mujeres del mundo habían desaparecido. A, como el helado, me había dejado su sabor único y perdurable.

domingo 18 de octubre de 2009

Etapa 3: La playa.

Cuando pasé a recogerla no nos saludamos, todos los besos amistosos se habían reservado para las despedidas; nuestros impulsos más secretos así lo habían resuelto. Durante el trabajo me fui dando cuenta de su esencia, sus palabras eran como una difusa luz ambarina que derramaba el cielo y en sus ojos se leía la pasión que anuncia la estrella escondida.
Por la tarde, aún estando ocupado, no pude resistir la tentación de verla y la llevé al centro, aunque sólo fuese para dividirnos, ella a su paseo y yo a mi ensayo. Tengo ganas de ir al mar, me dijo durante el camino, Mañana nos ponemos de acuerdo con todos, le respondí. Quise decirle que yo la llevaba, pero lo consideré demasiado atrevido. Al día siguiente, C propuso organizar la tarde y sugirió el terreno de la playa de su hermano. Yo sólo alcancé a imaginar que, ya en la playa, ella y yo nos retirábamos del resto, donde nadie pudiese interrumpir este pequeño e inédito milagro que empezaba a irradiarme.
¿Viste lo de la playa?, consulté con C más tarde, No, no tuve tiempo. Una sonrisa enclaustrada se produjo en mí, pero no duró mucho. ¿Alguien quiere ir a la playa?, levantó la voz apagando mi alegría y atrayendo la atención de todos, Yo tengo trabajo, Yo tengo un asunto, Yo no puedo. Cada respuesta me azuzó un oculto júbilo cómplice. Bueno, entonces yo te llevaré, dije rotundamente serio. Creo que fui serio, traté de ser serio.
Más tarde partimos hacia la carretera, hacia el otro lado de la isla, lejos, donde el mar desterrado es como un retiro espiritual a cielo abierto. Pon música, le indiqué, ahora tú escoge lo que quieras, Pero, ¿cómo se usa esto?, Mira, aquí le oprimes y va al menú, esto es para elegir las opciones, Ok, deja lo checo. Era muy buena filosofando aunque la tecnología no era su fuerte. Pasamos a la tienda por unas cervezas. Oye, lo que dijiste hoy sobre que nos relacionamos a partir del otro, Qué tiene, Recuérdamelo, Pues que lo único que nos da vida es el otro, uno no vive hasta que hay otro que lo pueda atestiguar, si estuvieras en el desierto y dices "soy", con respecto a qué, Entiendo, muchas veces he pensado lo mismo de alguna manera, somos rostro y manos para la gente, pero nuestro cuerpo y nuestra intimidad no existe sino a partir del ser amado, quizá por eso necesitamos tanto a alguien, para existir, Siempre queremos algo del otro, añadió, exigimos algo más, tenerlo dentro, pero no se puede estar en contacto sexual eternamente, aunque alguien me regale su vida jamás será mío, porque vive fuera de mí. Si yo te amara, pensé, sabría dejarte respirar, y tú a mí. Mmmh, ya sé que está de moda, refirió, pero tengo ganas de escuchar a Michael, Claro, ponlo, yo no tengo prejuicios, me gusta de todo, A mí también, menos el reggaeton, A mí tampoco, pero a mi hija le encanta, No es algo malo, es pequeña aún y es parte de su generación, Pues sí. La canción Bet it vibró al interior del auto.
Cuando llegamos nos miramos riendo animadamente. Una especie de hechizo lo dominó todo; aquella playa tenía para mí un significado secreto, para ella era una atmósfera emancipadora de obligaciones, y nos sentimos felices; en silencio nos escuchamos.
Pronto nos quitamos la ropa, el cuerpo de A se alzó sobre la arena, luego giró y se hundió suavemente en el agua. Cómo podía encantarle la cerveza, me preguntaba, y tener, al mismo tiempo, esa figura tan hermosa. Tenía un porte refinado y elegante, le miré un tatuaje en el lumbar que exhibía con clase. Ella no podía imaginarse hasta dónde me llevaría la tenacidad de la mirada pero sentía sin duda sobre sus hombros una lluvia de discretos encomios constantes. La seguí. Mira, señalé, vienes a broncearte y aquella nube ha tapado al sol, Sí, de aquel lado parece el cielo de la Tempestad. Sí, medité, un lado lúgubre, el otro festivo y nosotros enmedio, donde aún no sucede nada. Nada. Nada y algo. Aquí podrías venir a inspirarte, declaró, Mmh, ¿tú vas a inspirarte al espacio escultórico?, lo tienes cerca, No, no tengo tiempo, supongo, Pues es igual, oye, por cierto, me gustaría darte agua de coco, Por qué, ¿es muy rica?, Pues, sabe a... a coco, pero lo digo porque por acá se dice que si te dan agua de coco te quedas a vivir.
Era delicioso hallarse allí, lejos de la inercia, de la repetida costumbre, imaginando formas en las nubes, rodeado de aves que le parecían señoras, mirándolas atrapar peces. Me encantaba su buen sentido del humor. Le conté de nadar hasta cansarse, de nadar mar adentro. Debe ser horrible morir ahogado, expuso, No, respondí, ¿No?, contestó asombrada, No, repetí con el rostro grave, pero al cabo, sin poder contener la risa. Entonces comprendió y rió a su vez. ¿Quieres cerveza?, Sí, a ver quién llega primero. La dejé adelantarse y sin que se diera cuenta salí del agua para correr por la arena. Mira, le alboroté, Eso es trampa, gritó.
El oblongo espacio de las nubes cubría la luz ahora mortecina del sol. La risa dió su paso al silencio, ella tenía todas las puestas de sol sobre los labios y quise besarla. Pero dudé mucho y no hice nada. Cuando terminé la cerveza regresé al mar. Como ella dijo estamos llenos de abismos, de vericuetos, nunca nos conoceremos por completo, aunque así lo creamos, por eso nos reafirmamos con los otros, con los encuentros. La miré a lo lejos, el uno al otro nos dábamos espacio, posaba sentada como una bailarina de un cuadro de Degas, añadiendo un cigarro en la mano y la mirada perdida en el horizonte. Es como yo, pensé, viajamos seguido por los laberintos de la introspección, quizá piensa en mí, pero no me mira como yo tampoco lo hago, no nos gusta ser descubiertos, y sin embargo alardeo, quizá piensa en todo, menos en mí. Allí estaba el cielo deslumbrante de la tarde derramada, la alegría seductora; y allí estaba también el mundo de las añoranzas y el sentido común desconcertado. Broté del mar con la piel perlada y acudí a ella.
Ya tuviste tu rato de soledad, dijo, Sí, respondí, y tú también, no, recapacité inmediatamente, no fue así, Cierto, ella entendió, nos sabíamos cerca.
A era hermosa de muchas maneras; si le decía algo, una palabra guardada mirándole a los ojos, bien podía terminar con su amistad, con la relación laboral, o tomarme con insignificancia y hundirme de verguenza.
Me dio pena que, en una situación como aquella, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inmediatamente una decisión, yo dudase, privando así de su significado al momento más hermoso que había vivido en muchos años. Pero tampoco existía posibilidad alguna de comprobar cuál decisión era la mejor. Se vive todo a la primera y sin preparación.
¿Sabes qué se me antojó?, intervino, un helado, se me antoja uno de cajeta o de pistache, Bien, yo te lo invito.
El sol ya se ocultaba cuando partimos hacia la ciudad.

jueves 8 de octubre de 2009

Etapa 3: Al cielo.

La primera vez que miré al cielo fue la tarde en que llegué al aeropuerto. En el trabajo me dijeron que tendría que recibir a A que llegaba de la ciudad de México. No preparé letreros ni consulté bien su nombre, aunque bien debía ser una señora cincuentona, como suele ocurrir; de todas formas, me fijaría en todas las mujeres. Llegué un poco tarde, acompañado de mi hija; la gente estaba saliendo ya. Y entonces mi vista que miraba hacia la entrada se vio atraída por una silueta grácil, semejante a una luz borrosa, detenida entre la gente como un ser brillante y alado, con su cigarro en una mano.
Pero ella no es una señora, pensé. Y seguí de largo. Adentro, no había nadie más, o al menos ninguna mujer solitaria y perdida. De pronto sentí la vaga impresión de haberla visto antes, cuando fui a la ciudad a un cometido en su organización, y me dejé llevar por la idea. Me dirigí hacia ella y le pregunté. Acerté, la persona de mi recuerdo y la señora que fui a buscar, coincidieron en aquella joven de ojos claros y cabello blondo. ¿Y tus cosas?, le pregunté, Es todo, me dijo mostrando el bolso ligero que llevaba. Allí comencé a notar que era diferente.
Mi pequeña y yo la llevamos al lugar donde se quedaría mientras, durante el camino, acordamos los horarios de trabajo de los días siguientes.
¿Está muy lejos el centro?, indagó, No mucho realmente, respondí mientras miraba sus manos suaves y delgadas, si quieres conocer, al rato puedo llevarte, hay mucho sol ahora para salir.
Asi quedamos, pasé por ella; me esperaba afuera fumando. Un aroma a shampoo y tabaco se esparció por el aire y se apoderó del auto. Llevaba un vestido ligero y unas sandalias que mostraban unos delicados y esbeltos pies. ¡Qué calor hace!, declaró al subir, Lo primero, le propuse, es invitarte un helado, por acá hacen un helado delicioso, ya verás. Pidió de Kahlúa. Tenías razón, dijo, está exquisito. Y así, recorrimos el centro, los parques, el malecón, lo poco que se puede visitar en una isla como esta. Nunca nos sentimos incómodos, su conversación era realmente amena e inteligente. Llegamos a la orilla del mar cuando ya oscurecía. ¿Te gustaría luego un cafecito?, le sugerí, Con este calor se me antoja mejor una chelita, Claro, me dejé llevar por la costumbre, supongo que una chelita nos caerá bien. Me agradó que no se fijara en cortesías vanas, que tuviera libertad de ser como se es desde el principio, que no tratase de quedar bien porque sí.
Cómo huele, mencionó al bajar, Sí, reconocí, el mar... Enseguida se apresuró a encender un cigarrillo, con cierta dificultad por la fuerte brisa. Miré al cielo y admití que me sentía feliz a su lado. ¿Ya viste aquella nube?, Sí, parece un barco bajo la luna, ¿Y aquellas luces?, Son plataformas. Con ella no había prejuicios, bien podía hablar de Nietzsche y, sin más, brincar a un tema simple y retozón. Creo que tengo que regresar, propuso después de un rato, aún me falta preparar algunas cosas de mañana. Las brisas errantes, o tal vez la luna, dejaron posarse su último tibio frescor antes de subir al clima del auto. Lejos del mar, ciudad adentro, el calor trepa incandescente. ¿Dónde hay una tienda por aquí cerca?, me preguntó cuando estacioné el coche, ¿Qué necesitas?, Se me antojó una cerveza, ¿Todavía quieres una cerveza?, Sí, ¿Te llevo a la tienda o vamos a algún lado?, Vamos a algún lado, ¿Por qué no me dijiste antes?, Pensé que era más tarde, traigo el ritmo de la ciudad, Bueno, por aquí hay una plaza que tiene un bar, No soy mucho de plazas, Tampoco yo. Y fuimos a algún lugar más libre, donde el paisaje nocturno frente al mar ubicara lo vistoso y característico de la isla. Allí alargamos las horas, junto al trastorno dulce de la noche. Cuando la dejé me dio un beso en la mejilla y me agradeció el paseo. Hasta mañana, musitó, Hasta mañana, repetí casi para mí mismo mientras se alejaba. Era algo tarde y no me sentía cansado, la ciudad revelaba, extraña y nueva, una nitidez pictórica donde la luz conoce muy bien su lugar.

lunes 28 de septiembre de 2009

Etapa 3: Ofrenda del mar.

Hora fresca de la madrugada. Todo está previsto. Hay una luz vaga de un sol que está aún lejos de salir. El mar es inmenso, como este nuevo deseo de perderme. ¿Hasta dónde aguantaré? No pienses, me digo, no pienses porque lo echas a perder.
Me despojo de las ropas mientras trato de no abstraerme en los recelos. Camino y voy sintiendo el agua fresca. Cuando llega a la cintura me hundo un par de veces. Ya está, asumo. Doy un hondo respiro y me lanzo. Y nado. Nado mar abierto. Nado en cavilación cerrada.
No supe del tiempo, pero el sol calentaba ya la piel. El cansancio se minimizaba con los pensamientos que llegaron como un sueño, reconfortando, mortificando a veces. Unos eran recuerdos, pasajes de una vida; otros miedos inventados, pensaba en tiburones, pero sólo sentía pequeños pececillos que me mordían, sin dolor, como si fuesen leves pellizcos cariñosos. Lloré por momentos, reí quien sabe por qué. Hasta que el pensamiento se redujo a la fatiga, a los músculos, y peor aún, a la mente, sentí que ya no podía, por fin me detuve. No vi tierra, ni aves, estaba solo, ya no podría regresar, ya no soportaría un regreso. He hecho una locura, pensé. El sol me guiaba pero era un cálculo inseguro, sentí una sed monumental y los músculos atrofiados; era menos doloroso deslizarme con suavidad que quedarme flotando. De pronto concebí un temblor en la sangre, pero no era la fatiga, sino el espanto de mirar a alguna bestia marina que me hallase. Y nadé mar abierto, nadé sin más en una soledad de aprensión. La piel comenzó a arderme, los brazos no resolvían moverse, no podía más, la angustia de morir sofocado, con los pulmones reventados de mar, extinguido por una muerte no lo suficientemente rápida, me hizo perturbar la razón; y seguí, creo que seguí, no sé qué rumbo ni que desvaríos, pero supongo que persistí la marcha hacia la vida, cada vez más oscura. Y allí apareció la bestia, gigantesca, persiguiéndome, con formas nunca vistas, monstruosa e implacable y cada vez más cercana, más veloz que yo, lanzándose sobre mí, gritando su fragor más recóndito y violento. Me toma, no puedo hacer nada ya, me resbalo y trato de hundirme, de morir ahogado antes de partirme en dos, pero es muy fuerte y se apodera de mí, todo se nubla, todo se envuelve de un color ajeno, de una temperatura extraña brotando de mi piel, mis oídos se ciegan a una afonía total, sólo un zumbido, la nada, cierro los ojos para morir mientras me olvido de mí.

Escuché voces. Descubrí dos hombres, una lancha, el agua salpicando. La bestia, reconocí con una sonrisa interior, la bestia y el regreso a la cotidianidad. Mi mirada, llena de pesquisas, se juntó al crepúsculo de tinte anaranjado. Nada impide al corazón amar, nada decide qué voces en el alma se articulan; se suman solitas, irrepetibles, de infinito a infinito; un brillo de sol en las pupilas me desplegó la sustancia de aquello que permanece en algo que cambia.

domingo 20 de septiembre de 2009

Etapa 3: La despedida.

Parecía nuestro último encuentro. I llevaba una bolsa cuyo contenido mantenía en secreto. Yo no tenía una idea clara de lo que pasaba, ya que sólo pensaba en algo que se me escapaba pero no alcanzaba a entender. Unas palabras cálidas me resucitaron los oídos cuando llegamos a la habitación: Sal un momento, me ordenó con una sonrisa cálida.
De repente, me pareció estar en un sueño, escondido del mundo, con los nervios en las manos, elevándose hacia la noche. La música que llegaba de la habitación se desvanecía detrás de mí, mezclada con distantes introspecciones. Lo que I preparaba me silbaba cerca de los oídos, como un viento misterioso, y me sorprendió sentir, por primera vez en lo que parecían meses, que hacía fresco, que era una noche para amar, y que ella hacía algo allí dentro mientras yo, paralizado en el sillón, acariciaba la urgencia de urdir algo.
Los pasillos de la casa se volvieron desconocidos. Creo que bajé a la cocina y tomé un recipiente que me parecía una salvación epicúrea. Cuando retorné no esperé mucho y la puerta sonó. I surgió como una aparición. Había hecho algo allí dentro. Vi que ese algo era un paisaje. Vi también que la habitación estaba diferente, y comprendí que me estaba gritando algo, pero me limité a abrazar a I más rápido. Un corazón de pétalos en la cama, un te extrañaré colgado en la pared, velas rojas, alfombra de flores en el suelo, música suave.
I miró mis manos. Pensamos lo mismo, dijo, Sí, creo que respondí con una sonrisa, mientras descubría la cajeta que ella también había traído. Intenté escapar de aquel torbellino de emociones y el impulso me hizo continuar precipitadamente hacia ella, y en ese instante advertí que el deseo se había multiplicado. Lucía una ropa interior de exquisito placer sensual que retumbaba en medio de la noche.
Viré bruscamente y caí en la cama. I vio mi cuerpo desnudarse, vio también que me dirigía hacia ella. Ven, dijo. La palabra se le antojó ridícula, porque no producía el menor efecto ante lo que ya se le venía encima. Dudó, y entonces la tomé. Estoy muerta, pensó ella. Y sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, empezó a apretar una y otra vez mi cuerpo enérgico. No sabía si había cerrado o no los ojos, si había chupado o no mi piel de cajeta para apresarse de la adicta sed de los amantes, si se había girado o desplazado hacia arriba, o si en realidad había permanecido rígida, en posición profanada, esperando que una caricia la lanzara con brusquedad a los ávidos brazos de la sensual muerte.
Los besos no la mataron de milagro. Unos le arrancaron el pecho, cortándole los suspiros. Otros le tiraron los muslos, la piel, haciéndole estallar la voluntad.
La fatiga dulce resbalaba por los cuerpos. No dábamos crédito: nuestros corazones callaban asombrados por la marea extrema que habían sido capaces de soportar.
Nos percatamos de que seguíamos apretando los cuerpos, aunque ya hacía mucho que habíamos vaciado el deseo. No éramos conscientes de lo que había pasado. Deberíamos haber oído gemidos, notado los temblores. Sentí su tenue aroma, no el perfume, sino su grata piel mezclada a la delicada emanación de las velas. Tuve que obligarme a dejar de mover el alma con los latidos. Le miré todo el cuerpo, haciendo un inventario rápido, atónito de ver que seguía allí, hermosa, decorada de eróticos pétalos que quedaron adheridos a su piel. En ese instante me entraron súbitamente unas tremendas ganas de reír, y alcé la vista. Sólo entonces pude concentrarme en los ojos claros de I. Percibí que se había convertido en un sueño. Comencé a extrañar todo su amor.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Etapa 3: La semilla sin tierra.

Nos despertamos a medianoche y volvimos a hacer el amor, con menos intensidad pero con mayor ternura. Al final, con los cuerpos entrelazados, I seguía acariciándome las mejillas, sus pupilas se abrían fascinadas. Tienes labios de mujer, musitó. Me sorprendieron sus palabras, por un momento pensé en defender la virilidad: ¿Labios de mujer?, ¿cómo es eso?, No sé, respondió, quizá por la forma. Su modo de decirlo, con aquella boca carnosa de frutal vendimia, sus manos arrullando mi pecho, su mirada entregada, me hacían sentir en una tierra mágica. Ya no podía negarlo, la quería, empezaba a reconocer que en medio de la fusión de nuestros cuerpos, mi corazón palpitaba una ternura pasional, una mimosa devoción más allá del deseo que igual irradiaba.
A pesar de todo, entiendo que es la vida, no la muerte, lo que a veces separa a los amantes. Lo del bebé fue falsa alarma y nos hizo sentir más relajados, pero cada vez estaba más cerca su partida. Vivir en una isla como la nuestra no te deja opciones a veces, por eso decidió estudiar fuera. No quiero irme, me repetía constantemente. Y era extraño tener que responder a ello, no tenía el suficiente amor para hacerlo. Y el silencio nos conquistaba, dejando a la oscuridad nocturna imponer su ánimo.
Imaginé que la noche se abría, que podía volar y tomar la mano de I y llevarla conmigo, persiguiendo el ritmo del cielo. Soñé que la hacía feliz mientras yo lloraba. Mis ojos, como un arpa, vibraban y temblaban, estimando que quizá del eco de un lejano canto naciese el amor que necesitamos.

domingo 6 de septiembre de 2009

Etapa 3: Esperando milagros.

¿Seguro?, ¿no es broma?, le pregunté a I, Es verdad, me confirmó.
Hay días en que recuerdas más a Dios, de esta forma, con mayúscula. Yo no creo, así he crecido, para no creer. Pero este hecho me reclama lo divino.
Mi primer encuentro con la religión me resultó aburrido, siendo niño me llevaron a lugares donde hay que guardar mucho silencio y compostura, donde hay imágenes de gente que sangra, que sufre mucho. Y, además, escuchar a un hombre que habla de todo, menos de lo que a uno le gusta, que incrusta miedo en la cabeza porque hay un diablo que te puede llevar, y un infierno que te puede castigar, y hace que no sé qué tantas noches uno esté lleno de sueños execrables y con el cuerpo tapizado con las sábanas.
Aún ya mayor, mi opinión no cambió mucho, sigo pensando que son peroratas moralistas, para enmendar los caminos de los perdidos; la gente está perdida porque no se prepara, o no tiene las oportunidades para hacerlo. El espíritu reclama lo divino, pero hoy muchas personas están escindidas y condenadas al fracaso, apenas toleran más que una sóla forma de divinidad: la divinidad del apaciguamiento y de la pérdida del equilibrio, la divinidad de los resignados y de los conformistas.
A pesar de todo, mi gusto por la magia, -hablo de lo que puede hacer una mirada, una canción, una coincidencia, un nacimiento, un sueño, un suceso inexplicable, un truco, y toda suerte que la casualidad centellee en el alma como árbol de raíces profundas, y a la vez, de una manera tan fugitiva e impalpable-, ese deleite por lo indescifrable, me hace despertar lo divino.
Dios, la vida, el destino, o como se llame, me ha entregado milagros, pero no creo en nada. Nací para dudar, para ser curioso; aunque a veces uno se siente solo, desubicado, que ha metido la pata, y busca alguna anormalidad metafísica que lo enmende.
Ahora siempre pensaré que la responsabilidad es sólo mía, y es una manera de decir que es de los dos.
Este es un momento imponderable, debe ser visto con otros ojos que aquellos con que vemos en la vida corriente los momentos ordinarios que encaramos de cerca. He pensado de todo; I me dio su confianza cuando, después de una imprevisión, lo resolvió inmediatamente, por lo que, ante hechos similares, asumí una despreocupación quinceañera. Ahora aguardo un milagro. Un bebé es algo dulce y es algo serio. No me preocupa lo económico, menos mal, y es entonces cuando entiendo que el dinero es lo menos neurálgico; y me cae un torbellino de cavilaciones: la escuela de I, su felicidad incompleta, mi desamor hacia ella, nuestras familias, una vida distinta, el rompimiento, la nueva alianza por criar a un bebé, y tantos hilvanes como caminos pueda imaginar.